Pero ese gran mensaje no lo descubrí de un día para el otro. Necesité once años de trabajo con la madera para poder comprenderlo.
Y aquel día, pintando ese mueble, me vi representada como si fuera la protagonista de una película. Aquellos árboles que morían y se transformaban en bellos muebles no era ni más ni menos que la antigua versión de mi misma la que debía morir y renacer. En realidad Antigua Madera estaba hablando de mí.